Periodismo y literatura

8 noviembre, 2006

“Una aproximación al relato periodístico de Roberto Arlt”

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María Laura Andrés

Diciembre 2005

La mañana del 14 de mayo de 1928 el diario El Mundo se incorporó al agitado paisaje urbano de la ciudad de Buenos Aires. Durante los días previos, afiches callejeros habían forrado las paredes porteñas anunciando la aparición del nuevo medio gráfico que prometía hacer honor a su lema; “Lo bueno si breve, dos veces bueno”. La llegada de El Mundo[1] se enmarca en un período de transformación del ejercicio mismo del periodismo, a partir de la incorporación de avances tecnológicos y la aparición de grandes medios diarios. Con un formato tabloide, pionero en la Argentina, el matutino sacudió la tradicional página sábana de los periódicos de la época y rápidamente consolidó su lugar entre publicaciones clásicas como La Prensa y La Nación o el emblemático Crítica, fundado en 1913.[2] Novedoso tanto en forma como en contenido, El Mundo, constituyó una propuesta con gran penetración en los sectores populares, en el inmenso abanico de hombres y mujeres sumergidos en el ritmo de trabajo y vida moderno. A modo de presentación, en su primer ejemplar se leía lo siguiente: “Queremos hacer un diario ágil, rápido y sintético que permita al lector percibir por la imagen directa de las cosas y por la crónica sucinta y a la vez suficiente de los hechos, todo lo que ocurre o todo lo que, de algún modo, provoca el interés público”. [3]
Desde sus páginas El Mundo ofrecía una gama amplia de temas y secciones, notas de ágil lectura y variada información enmarcada en una línea editorial que evitaba la confrontación directa con los poderes y fuerzas políticas de la época. [4]Para su primer aniversario en la calle El Mundo había triplicado su tirada original, superando de esa manera la cifra de 120 mil ejemplares diarios. [5] Por la redacción de este matutino desfilaron una serie de jóvenes escritores de la época, como Horacio Rega Molina, Leopoldo Marechal o Conrado Nalé Roxlo. Alberto Gerchunoff, quien estaba a cargo de la dirección del diario, convocó además a Roberto Arlt, un escritor ya conocido por la publicación de su primera novela El juguete Rabioso.En las páginas de El Mundo se incorporó una columna diaria, fija: las aguafuertes porteñas. Tras esta serie de notas costumbristas o crónicas estaba la pluma de Arlt, quien, mediante su sección, dejó una estampa lúcida e irónica de los paisajes, situaciones y rumores de la época. Si bien esta columna sería rebautizada varias veces a lo largo de 14 años, desde un comienzo, fue la única en todo el periódico que apareció con la firma de su cronista. Las publicaciones de las primeras décadas del siglo pasado eran ámbitos donde se paseaban personalidades del momento que en su hacer integraban la producción literaria y la periodística. En este sentido, seguimos el concepto de escritor profesional[6], desarrollado por la autora Beatriz Sarlo, para caracterizar una condición que dista por lejos de ser una seña particular de Roberto Arlt, sino que se trató de una práctica común a muchos escritores de la época.La autora señala que “el nuevo periodismo y la nueva literatura están vinculados por múltiples nexos y son responsables del afianzamiento de una variante moderna de escritor profesional“. En esta misma dirección aporta que el diario El Mundo “como lo había sido y seguía siendo Crítica, se convierte en fuente de ocupación para los escritores recién llegados al campo intelectual y también para los de origen patricio como Borges, que dirige, durante un período muy breve, el Suplemento Color de Crítica. (…) prácticamente todos los que publicaron en esos años pasaron por las redacciones y se constituyeron, en casos como el de los hermanos Tuñon o Arlt, en periodistas estrellas”.[7] Sin negar las particularidades que diferencian ambos géneros, una aproximación a la obra de Roberto Arlt deja entrever que literatura y periodismo aparecen como dos zonas de producción casi inescindibles. En tal caso, son numerosas las huellas en la escritura arltiana que muestran una natural permeabilidad en la frontera entre sus textos literarios y sus crónicas periodísticas, donde las invasiones e influencias son mutuas y constantes. Una vocal y tres consonantes. Tan hijo de padres inmigrantes como del siglo XX, Roberto Arlt nació en 1900, en el barrio porteño de Flores. Antes de completar tercer grado abandonó la escuela primaria. Por entonces, la economía familiar era ajustada y las relaciones en el seno del hogar algo conflictivas. A los 16 años, en busca de cierta independencia, viajó a la provincia de Córdoba donde consiguió trabajo en un horno de ladrillos. Sucesivamente, tuvo varios empleos semejantes a este. Así pasará algunos años, antes de volver a Buenos Aires.De un modo voraz se volcó a la lectura de todo el material que estuvo a su alcance: autores extranjeros en traducciones de segunda mano, folletines, novelas y manuales.“La(s) lectura(s) desencadena la escritura”. La frase, en cierta forma, retrata la experiencia personal de Arlt. Nalé Roxlo en Borrador de memorias, recuerda que “Arlt escribía en aquel tiempo con letra pequeña y apretada y a una velocidad casi mecánica. A nadie he conocido que escribiera y leyera tan rápido como Artl” [8] En 1926 aparece su primera novela, El juguete rabioso. Por esos años, luego de su paso por la redacción de Crítica como cronista policial, ingresó al diario El Mundo, con una columna propia: las aguafuertes porteñas.Sobre esta experiencia periodística, la autora Sylvia Saítta señala que Arlt “construyó, desde su humilde mesa de redacción, un lugar desde el cual medir a su sociedad y tomarle el pulso a su tiempo, en la inmediatez y fugacidad de las páginas de un diario. Un escritor que, en suma, encontró en la escritura cotidiana de una columna diaria, un lugar de enunciación…” [9]Novelas como Los siete locos y su segunda parte, Los Lanzallamas, El amor brujo, obras de teatro y otros tantos cuentos forman parte de la literatura arltiana. Para Arlt, ganarse la vida escribiendo era “penoso” y rudo” pero, a su vez, escribir significaba “un lujo”. Se confesó satisfecho por encontrar la voluntad de trabajar “en condiciones bastantes desfavorables” para obras que exigían “soledad y recogimiento”. “Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna diaria”, dijo. [10] Un hombre que tomó por asalto la escritura y el futuro: “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”. [11]El 26 de julio de 1942 repentinamente murió. Al día siguiente, a primerísima hora, El Mundo inundaba, una vez más, las calles porteñas y publicaba su última nota “El paisaje de las nubes”. Aguafuertes En la página editorial de El Mundo cada día aparecía una columna escrita y firmada por Roberto Arlt, que se publicó desde el comienzo del diario, y durante 14 años. El espacio inicialmente se llamó “Aguafuertes porteñas”. Con el correr del tiempo sufrió sucesivas modificaciones en las temáticas tratadas, ciertas cuestiones genéricas e, incluso, cambios en el título.Desde “su humilde mesa de redacción”, como señala Saítta, Arlt construyó “un lugar desde el cual medir a su sociedad y tomarle el pulso a su tiempo, en la inmediatez y fugacidad de las páginas de un diario”[12]. Adoptó como oficio la tarea de descubrir y registrar cotidianamente la ciudad porteña y se convirtió en una especie de “mirón hundido en la escena urbana de la que, al mismo tiempo, formaba parte”.[13] Con irónicas y filosas palabras recreó imágenes descarnadas de situaciones, detalles, hábitos y perfiles de los personajes que hacían el mosaico cultural de la época. “A la manera de una antropólogo urbano, Arlt va registrando las distintas formas de la cultura popular de la época, desde una posición que le permite señalar lo que él entiende como sus virtudes tanto como sus defectos: por tal razón, a diferencia de los registros pretendidamente ascépticos de la mirada científica, las aguafuertes arltianas enuncian desde una perspectiva que no cesa de evaluar aquello que mira”. [14] Arlt se vuelve así un paseante anónimo por la cuidad y en este itinerario, a veces azaroso, recaba el material de sus crónicas. [15] Sólo “sacar una libretita”, era suficiente para retener la escena deseada: la perspectiva que regala la calle a la gente de a pie, los debates propios de la mesa de café, los vicios y costumbres, los rumores que sólo cobran existencia de boca en boca y la anécdota puntillosamente detallada. Los cambios edilicios y transformaciones que conmocionan a los vecinos de la época también son temas de estas notas. Para Arlt narrar es investigar, explorar, observar, contar aquello que sus ojos perciben y sus oídos escuchan, a veces se trata de historias propias y otras ajenas. “..testigo de una sociedad en constante cambio a la que, muchas veces, reflejó bajo la lente de un espejo deformante para que aprendiera a verse mejor“.[16] El cristal propio Una mirada al sesgo observa los márgenes y detiene su atención en el detalle. En cada aguafuerte la escena emerge desde la impronta subjetiva de un observador que no intenta disimular su lugar. De este modo, las voces cruzadas tejen los pasos de un sujeto sensible que interpreta el mundo narrado; desnudándose en el relato de aquello que mira. “…qué llenas de novedades están las calles de la ciudad para un soñador irónico y un poco despierto! ¡Cuántos dramas escondidos en las siniestras casas de departamentos! ¡Cuántas historias crueles en los semblantes de ciertas mujeres que pasan!”. El fragmento pertenece a “El placer de vagabundear”[17], una aguafuerte de tono confesional respecto de las condiciones e impulsos que mueven al propio Arlt al oficio diario de deambular por Buenos Aires, con una “libreta a mano”.La mirada de Arlt cronista no pretende mostrarse aséptica. Por el contrario, en su caso, mirar es interpretar. Enfrentar la página en blanco implica hacer explícita la propia posición, sea en un terreno de inquietudes “filosóficas”, como en el caso de “Para qué sirve el progreso” [18] o respecto a mundos referenciales y hábitos cotidianos como se observa, por ejemplo, en “Silla en la vereda” [19] o en recorridos por calles porteñas como la mítica Corrientes[20] o Florida.[21] “Fiestas de Carnaval” [22] es una aguafuerte que comienza con la aclaración del cronista sobre el malestar que le produce ocuparse de dicho festejo popular. Pero a pesar de este desgano justifica su decisión de escribir como modo de anticiparse a futuras provocaciones: “Me da bronca tener que escribir sobre el carnaval. Nadie me obliga a escribir sobre este tema, pero ya me imagino a los alacranes diciendo: ‘Este tipo inactual bien podría escribir sobre algo de actualidad’. Y pensar en eso me da bronca, me da…” Al día siguiente, en su columna del diario El Mundo el escritor publicaba “Qué farra hicimo´ anoche” [23] donde relata el festejo del carnaval en una barriada porteña. Una experiencia que, según confiesa, ha dejado su alma “por el piso”. “Rantifuso carnaval de pobre a base de betún, corcho quemado y arpillera (…) Alegría triste de gil que quiere divertirse y que se decora el mate con un bonete astrológico y el cinto con una faja que colgaba en la cocina” introduce Arlt en la nota para comenzar a describir su paseo “a patacón por cuadra por corso para ver cómo un pobre se divierte”. “Se me ha caído el alma hasta los tamangos”, dice el escritor sobre el sabor que le a dejado su recorrido por los corsos carnavelezcos.Sin rodeos el cronista orienta su crítica hacia las profundas diferencias sociales que imperan en “una ciudad engrupida con el cuento de la democracia”, donde el que menos puede divertirse es aquel que “no tiene un cobre” porque las fiestas “son para los cogotudos” y el resto “que se jorobe”.En esta dirección Arlt señala las disposiciones que se establecen para asegurar la organización y desarrollo del festejo de aquel día. Si bien contempla alguna de las normativas, no deja de señalar el estado de situación que esas pautas dispuestas, sólo expresan en forma de prohibición: “Esta prohibido transitar por la calle”.“Hay que caminar por las veredas”.“Esta prohibido estacionarse”. Arlt enumera estas reglas de comportamiento e invita al lector a compartir la siguiente reflexión: “Observe usted -dice-. La gente, como los animales metidos en el corredor que lleva a un corral, tienen que caminar por las veredas de “su derecha”. Es decir, la nariz casi clavada en el cogote del prójimo. Y cómo está prohibido estacionarse, tienen que andar como el judío errante o cualquier otro caminador de profesión.Por la calle no se puede andar. La calle en estos días pertenece a los que alquilaron un coche o un auto. De modo que del corso sólo se le puede ver el hocico a las viejas que se pudren en los palcos y el lomo a las mozas que hacen melindres con los niños detenidos en las orillas de la vereda”. La descripción del desfile que recorre varias cuadras antes de arribar a la plaza, es el caminar de un sujeto, sus observaciones, sensaciones e incomodidades en una escena donde se mezclan protagonistas y espectadores. Su atención se detiene en muchos anónimos, en aquellos que de ninguna manera querían ausentarse de la fiesta, aunque distan de ser figuras demasiado seductoras para la mirada ajena. Día de carnaval y ¿alegría?, se interrogará Arlt, al observar con cierto detenimiento el paseo de algún personaje que “suma y sigue”; uno tras otro, en la “corriente humana que va hacia el corral de la plaza, donde gruñe y ladre la orquesta municipal”.Ni músicos, ni música disparan al menos media línea del relato arltiano sobre la fiesta de carnaval, aunque -sin duda- la presentación de la orquesta pretendía guardar para sí los elogios de la jornada. En cambio, los márgenes de la plaza ofrecen un cuadro de indiscutible atractivo para el cronista: los bancos están “ocupados de gente que hasta se ha quitado los botines y se palpa los pies hervorosos”, “hay mujeres que lactan criaturas” – describe Arlt y continúa- “un caballero atiborrado de vino” y más allá, “cirujas mordisquean panes que emparedan salame de caballo”.Pero la mirada del paseante se detiene en el personaje más característico de la vida en la plaza por aquellos años. Es el “guardián placero”, quien al ver su rutina zamarreada al ritmo del carnaval “esgrime su palo y se siente hipocondríaco frente a tanta canalla” desparramada “sobre los céspedes dedicados a su vigilancia”.El retrato del “carnaval de pobre, a base de betún, corcho quemado y arpillera”, se cierra con un irónico remate de Arlt que, una vez más, muestra su escasísimo interés en “las fiestas de Momo”. El autor captura la frase que de boca en boca circulará a partir del día siguiente, cuando pasados los festejos sólo perduren en el aire anécdotas y recuerdos hasta el año próximo. El comentario: -“¡Qué farra hicimo’ anoche!”, corona las andanzas del carnaval que recién sucedió e inaugura el relato que, a partir de mañana, lo preservará en la memoria. La intencionalidad de las aguafuertes superan por mucho el mero afán de registro “cuasi antropológico” del mundo en que su autor vive, sino que también son motivadas por el deseo de intervenir en el orden social, político y cultural imperante.Un contexto de profunda crisis política, económica e institucional de país durante la tercera década del siglo XX, así como el golpe militar de septiembre de 1930, atraviesan la columna diaria de Arlt. Las aguafuertes serán una caja de resonacia de las transformaciones y malestares sociales desencadenados para la época.La reconocida sensibilidad con que Arlt deambulaba por las calles capturando los aires porteños se agudizará con “la percepción de los márgenes y las víctimas de la transformación social”[24] propias de una modernización que se desenvuelve de un modo, cuanto menos, desparejo. En cierta forma “consciente del poder de su escritura y del valor que le otorga el poseer una firma reconocida”,[25] Arlt se planteará, a través de sus notas en las páginas de El Mundo, el desafío de visibilizar las consecuencias que la mentada modernización implica en las vidas de quienes son ajenos a los beneficios del progreso. Se trata de escenarios y transformaciones propios de la época que moldean sus percepciones y se hacen eco en sus notas: “Me fijo en las plazas públicas. Es sencillamente catastrófica la cantidad de gente que ocupa los bancos. En plaza Once, a las cuatro de al tarde, no hay un solo asiento desocupado. En Congreso ídem (…) Hay una sola realidad…la realidad son las plazas repletas de desocupados”. [26] Durante un par de meses en 1934 el espacio se titula “Buenos Aires se queja” y retrata el recorrido de un Arlt horrorizado tras entrar al “infierno”: los barrios marginales y zonas periféricas de Buenos Aires. Sus notas muestran escenas “terroríficas” de los “abismos sociales” abiertos entre el centro de la ciudad y sus orillas. “si a los ediles les sobra un poco de imaginación (no mucha) a esta calle nacida del entubamiento del arroyo Maldonaldo, la designarían con el poético, realista y auténtico nombre que en honor le corresponde: la Avenida del Gato Muerto (…) recorriendo un trozo de dicha arteria, bastante corto, entre Triunvirato y San Martín (ya ven que no me he ido a barrios quemeros) descubrí en el barro a tres michinos muertos de terrestre manera (.…) hay un cerro, compuesto de alambres, chapas, hierro viejo, colchones, etc.(…) es cosa de sacar una libreta del bolsillo y comenzar a anotar la cantidad de residuos que se pudren al aire y a la vista y a la paciencia de todo el mundo. Sí; es cosa de extraer una libreta”[27]En la misma línea y con absoluta consciencia de la trascendencia social del discurso periodístico, Roberto Arlt se aproximó desde su columna a la situación de la salud pública a partir de la serie “Hospitales en la miseria”.[28] En estos trabajos Roberto Arlt se propone hacer visible a través de su narración, situaciones, a veces naturalizadas por los usuarios del sistema público de salud y otras, en cambio, silenciadas de manera deliberada. Para inaugurar esta serie de notas Arlt decide contar la historia de su investigación, el trayecto recorrido en su propia rutina de trabajo. Narra su plan de acción y el modo en que efectivamente se desarrolló, evaluando sus expectativas, aciertos e insatisfacciones respecto de la tarea emprendida. Para los cánones del periodismo convencional, se trata de un modo atípico de llevar adelante una denuncia pública. Sin embargo, una vez más, el cristal arltiano devuelve al lector una mirada del mundo capturada en palabras, que pinta un friso de la miseria padecida por hombres y mujeres de a pie, que a diario llegan a atenderse en hospitales de los que “nadie se acuerda”.Las aguafuertes se convertirán más tarde en una ventana por la cual los lectores de El Mundo asomarán sus narices allí donde soplan otros vientos. A través de la pluma del, ahora, “cronista viajero” deambularán por ciudades de España y África a partir de las notas que Arlt, periódicamente, envía a la redacción.[29] “¿Qué importan las palabras? Lo que interesa es el contenido. El alma triste de las palabras, eso es lo que interesa, reos” Roberto Arlt, Los Lanzallamas. ¿Qué importan las palabras? A través de su obra, cada escritor se inserta en el amalgama cultural de su propia época y de las futuras. En el caso de Roberto Arlt, con provocación e ironía reivindicó el lenguaje popular como forma de escritura por excelencia. Se trata de un posicionamiento y elección respecto del lenguaje utilizado, que atraviesa toda su obra, más allá de cualquier distinción genérica. Sobre este punto en particular, más arriba señalábamos la permeabilidad e irrupción mutua que, de manera recurrente, se evidencia en la producción periodística y literaria arltiana. En este sentido, decíamos, resulta posible caracterizar las aguafuertes como textos periodísticos escritos literariamente. “Los extraordinarios encuentros de la calle. Las cosas que se ven. Las palabras que se escuchan. Las tragedias que se llegan a conocer”[30] constituyen el mundo narrado por Arlt. Se evidencia una posición, absolutamente consciente y deliberada, por cuenta del autor, de narrar la trama de la cultura popular de su propio tiempo. En esta dirección es posible reflexionar sobre la dimensión política de su trabajo periodístico, que cobra espesor tanto en cuestión de contenido como de forma.A través de su pluma, Roberto Arlt rescata el lenguaje popular como lenguaje por excelencia para la escritura, “para llegarle al público lector hay que hablarle con el lenguaje que le es propio”, dice.La reivindicación del lenguaje callejero, el lunfardo, los saberes y misterios sólo revelados de tanto “patear la calle” y “el vagabundear” como fuente de conocimiento, evidencian el impulso de construir, en primera persona, la propia voz. Una mirada irreverente y un leguaje provocador constituyen el terreno desde el cual enuncia. Ambas posiciones, deliberadamente adoptadas, encarnan un profundo sentido político. “Si le hiciéramos caso a la gramática, tendrían que haberla respetado nuestros tatarabuelos, y en progresión retrogresiva, llegaríamos a la conclusión de que, de haber respetado el idioma de aquellos antepasados, nosotros, hombres de la radio y la ametralladora, hablaríamos todavía el idioma de las cavernas” [31] Si bien Roberto Arlt no era ajeno a la cultura letrada de la época, sí aparece entre sus intenciones marcar una clara distancia y diferenciarse de ciertos ámbitos culturales elitistas. Un escritor que sobre sí mismo, entre la confesión y la proclama, acusaba el haberse formado solo, en los ratos disponibles, que siempre resultaban escasos: “Tuve siempre que trabajar y en consecuencia soy un improvisado o advenedizo de la literatura”. Sin embargo, con un tercer grado incompleto y una vocación voraz por la lectura, Roberto Arlt construyó su propia hoja de ruta para sumergirse en autores como Quevedo, Dostoievski o Cervantes, y por gran cantidad de publicaciones de la época; factores que, de un modo u otro, desencadenaron su escritura. Lejos de exhibirse como un improvisado de la literatura aparece la imagen de un Arlt que si en algún punto se propuso dinamitar el edificio literario de su época, “las armas que utilizó estaban en la historia y en los arsenales literarios que supo frecuentar”.[32] El lenguaje utilizado y el posicionamiento adoptado invitan a reflexionar sobre la plena claridad e intencionalidad del autor de asumir una postura provocadora y radical respecto de las usos socialmente correctos del lenguaje. En esta dirección, de modo semejante a su obra ficcional, las aguafuertes “adoptan formas y usos del habla popular como material verbal a partir de la cual se genera su escritura (…).-la cual- supone una posición enunciativa que se configura como un auténtico decir popular”[33]: “Arlt traduce, es decir, vincula por encima de las diferencias lingüísticas y culturales, cuando la cultura oficial se empecina en segregar a esas formas espúreas del habla popular: de ahí el sentido y el valor político de su escritura” [34] “Cross” a la mandíbula “Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte” sostiene Roberto Arlt en Los Lanzallamas [35], libro con el cual finaliza su novela Los siete locos. Tamaña afirmación de un escritor que a puro “sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la Underwood”, se propuso retener cuanta escena -imaginaria o no- capturó su atención.Por su parte, la autora Sylvia Saítta destaca, entre otros rasgos, la fuerte apuesta de Arlt por la prensa periódica “como un medio eficaz para intervenir en los debates estéticos, sociales, culturales y políticos de su época”.[36] En la actualidad, las aguafuertes arltianas se ofrecen como una reserva de material disponible, que sobrevivió a la fugaz y efímera existencia de la producción periodística cotidiana y convencional. Basta asomarse a estos registros para sumergirse en un vagabundeo placentero por sensibles retratos de otro tiempo. Es posible entrever cuestiones temáticas como genéricas que atravesaron y fueron modificando esta serie de notas en el transcurso de su época. De este modo, queda en evidencia la mirada de un sujeto que desde la redacción de un matutino, y a través de su columna diaria, construyó un terreno de enunciación propio, con plena consciencia de la trascendencia social del discurso periodístico.Un escritor prepotente en el oficio de la palabra; se ocupara del hacer periodístico o del literario. Ambas; zonas de producción que, mutua y permanentemente, se invaden e integran. Sea una novela, una obra de teatro, o la urgente columna del diario, Roberto Arlt sólo concibe la escritura, como la eterna y apresurada búsqueda de palabras que encierren la “violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”. En Arlt, narrar es interpretar, someter a su constante valoración aquello que se muestra al mundo. El final de Los Lanzallamas se desencadena con un último acto: el suicidio de Erdosain. Este suceso es contado desde la redacción de un periódico, de manera que la narración de la historia es desplazada hacia el ámbito de una estrepitosa redacción que oficia de escenario para una dramatización en la cual sus personajes típicos, son protagonistas.[37] Un llamado telefónico alerta al Secretario de Redacción de la muerte. De inmediato, ordena parar las máquinas que a un ritmo infernal escupían las noticias del día siguiente. “El secretario se acerca rápidamente al escritorio del taller y escribe en un trozo de papel cualquiera: ‘En el tren de la nueve y cuarenta y cincose suicidó el feroz asesino Erdosain’. Le acerca el título a un chico, diciendo: – En primera página a todo lo ancho.” [38] Se trata del titular que en horas, como propaladoras, vocearán los canillitas en un sinfín de esquinas porteñas. Al rato, en el escenario de la redacción irrumpe un nuevo personaje: el Jefe de Revendedores. Este hombre, apenas enterado de la novedad, “rumea” las siguientes palabras: “- Macanudo. Mañana tiramos mundo cincuenta mil ejemplares más…” [39] El anterior es un caso, entre tantos, que invita a reflexionar sobre los múltiples cruces en la obra arltiana entre periodismo y literatura, sea por mutuas pautas referenciales o por los recursos lingüísticos utilizados. Sin embargo, en el citado ejemplo cabe destacar cómo el autor enhebra en la narración de su historia un retrato descarnado e irónico del ejercicio del periodismo. No sólo narra el paisaje y la rutina cotidiana de la redacción de un diario sino que además, evidencia el más despreciable y mercantil perfil que orienta la práctica periodística comercial. Un relato de ficción que, leído en clave de aguafuerte, lo ubica en el lugar del “mirón hundido en la escena de la que, al mismo tiempo, forma parte”.[40] Bibliografía consultada: Bibliografía general Arendt, Hanna: “Política y verdad” en Entre el pasado y el futuro, Barcelona, Ediciones Península. White, Hayden: “El valor de la narrativa en la representación de la realidad en El contenido de la forma, Barcelona, Paidós, 1992. White, Hayden: El texto histórico como artefacto literario en Trama 6: Cuadernos de historia y crítica, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, 1999. Bibliografía específica Arlt, Roberto: Los lanzallamas, Buenos Aires, Losada, 2004. Arlt, Roberto: Los siete locos, Buenos Aires, Colección Clarín, 2001. Arlt, Roberto: Aguafuertes porteñas: Buenos Aires, vida cotidiana, Buenos Aires, Alianza, 1993.Arlt, Roberto: Aguafuertes porteñas: cultura y política, Buenos Aires, Losada, 2004.Arlt, Roberto: Tratado de delincuencia, Buenos Aires, Biblioteca pagina/12, 1996. Goloboff, Gerardo: Genio y figura de Roberto Arlt, Buenos Aires, Eudeba, 1989. Retamoso, Roberto: Crónicas de la ciudad. Sarlo, Beatriz: Una modernidad periférica, Buenos Aires 1920 y 1930. Buenos Aires, Nueva Visión, 1998.


[1] Este material ha sido orientado a partir de la lectura de trabajos realizados por Sylvia Saítta sobre la producción periodística arltiana. Al respecto se puede consultar: Saítta, Sylvia: Prólogo a Tratado de delincuencia, (Buenos Aires, Biblioteca Página/12, 1996); Prólogo a Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana, (Buenos Aires, Alianza, 1993); Prólogo a Aguafuertes porteñas: Cultura y Política, (Buenos Aires, Losada, 2004)

[2] Sobre el matutino Crítica, Beatriz Sarlo caracteriza la experiencia como un “periodismo dirigido por profesionales y no por políticos, con muchos de los intelectuales y escritores más importantes del período”. Sarlo, Beatriz: Una modernidad periférica, Buenos Aires 1920 y 1930. Buenos Aires, Nueva Visión, 1998, pág. 20.

[3] Sarlo, Beatriz: Una modernidad periférica, Buenos Aires 1920 y 1930. Buenos Aires, Nueva Visión, 1998, págs. 19.

[4] Roberto Retamoso señala la caracterización que Sylvia Saítta aporta sobre El Mundo, un diario “tibio en sus posiciones y en su modo de presentar la información, complaciente con los gobiernos de turno y tímido en sus apreciaciones políticas”. Retamoso, Roberto: Crónicas de la ciudad, pág. 2

[5] Saítta, Sylvia: Prólogo a Aguafuertes porteñas: cultura y política, Buenos Aires, Losada, 2004, pág. 8.

[6] Sarlo, Beatriz: Una modernidad periférica, Buenos Aires 1920 y 1930. Buenos Aires, Nueva Visión, 1998, págs. 20 y 21..

[7] Ídem.

[8] Goloboff, Gerardo: Genio y figura de Roberto Arlt, Buenos Aires, Eudeba, 1988, pág. 14.

[9] Saítta, Sylvia: Prólogo a Tratado de delincuencia, Buenos Aires, Biblioteca Página/12, 1996.

[10] Arlt, Roberto: Palabras del autor en Los Lanzallamas, Buenos Aires, Losada, 2004.

[11] Ídem.

[12] Saítta, Sylvia: Prólogo a Tratado de delincuencia, Buenos Aires, Biblioteca Página/12, 1996

[13] Sarlo, Beatriz: Una modernidad periférica, op. cit

[14] Retamoso, Roberto: Crónicas de la ciudad.

[15] Sobre este punto Sylvia Saítta afirma que “a diferencia del viejo periodista que escribía sus notas encerrado en la redacción, Arlt es el reporte que debe salir a la calle como paso previo a su escritura”. Saítta, Sylvia: Prólogo a Aguafuertes porteñas: Buenos Aires, vida cotidiana, Buenos Aires, Alianza, 1993, pág. III.

[16] Saítta, Sylvia: Prólogo a Tratado de delincuencia, Buenos Aires, Biblioteca Página /12, 1996.

[17] Arlt, Roberto: El placer de vagabundear, en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana, op. cit.

[18] Arlt, Roberto: Para qué sirve el progreso, en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana, op. cit.

[19] Arlt, Roberto: Silla en la vereda, en Aguafuertes porteñas, op. cit.

[20] Arlt, Roberto: Corrientes, por la noche en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires, vida cotidiana op. cit

[21] Arlt, Roberto: La calle Florida en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires, vida cotidiana op. cit.

[22] Arlt, Roberto: Fiestas de Carnaval, en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana, op. cit.

[23] Arlt, Roberto: Qué farra hicimo´ anoche, en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana, op. cit.

[24] Saítta, Sylvia: Prólogo a Aguafuertes porteñas: cultura y politica, Buenos Aires, Losada, 2004.

[25] Idem.

[26] Arlt, Roberto: Sin Laburo, en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana, op.cit,.

[27] Arlt, Roberto: La avenida del Gato Muerto, en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana op. cit.

[28] Arlt, Roberto: Hospitales en la misera, en Aguafuertes porteñas: cultura y política, op. cit. Al respecto, Sylvia Saítta aporta que la serie “Hospitales en la miseria” iniciada con esta nota -correspondiente al 13 de enero de 1933- se publica hasta el 14 de febrero de 1933. Roberto Arlt retomará el problema de los hospitales en agosto de 1939 en una serie sobretitulada “El problema hospitalario. Saítta, Sylvia: Prólogo a Roberto Arlt, aguafuertes porteñas: cultura y política op. cit.

[29] Ídem.

[30] Arlt, Roberto: El placer de vagabundear, en Aguafuertes porteñas: Buenos Aires vida cotidiana, op. cit.

[31] Arlt, Roberto: El idioma de los argentinos en Genio y figura de Roberto Arlt. Goroboff, Gerardo: Genio y figura de Roberto Arlt, Buenos Aires, Eudeba,1989, pág. 25

[32] Goroboff, Gerardo: Genio y figura de Roberto Arlt, Buenos Aires, Eudeba, 1989, pág. 104.

[33] Retamoso, Roberto: Crónicas de la ciudad

[34] Ídem.

[35] Arlt, Roberto: Palabras del autor en Los Lanzallamas, Buenos Aires, Losada, 2004, pág. 9

[36] Saítta, Sylvia: Prólogo a Tratado de delincuencia, Buenos Aires, Biblioteca Página/12, 1996.

[37] Sobre este punto seguimos el trabajo de Roberto Retamoso donde analiza que “la muerte de Erdosaín, literalmente relatada desde una redacción, potencia su halo de veracidad, al representar un ámbito enunciativo cuya relación con la verdad se muestra, en principio, como indubitable. Pero además, la escena incluye los aspectos más negativos de la actividad periodísticas, al representar la satisfacción del Jefe de Revendedores, por aumentar la tirada en cincuenta mil ejemplares”. Retamoso, Roberto: Crónicas de la ciudad.

[38] Arlt, Roberto: Los Lanzallamas, Buenos Aires, Losada, 2004, pág. 371

[39] Arlt, Roberto: Los Lanzallamas, op. cit. pág. 373.

[40] Sarlo, Beatriz: Una modernidad periférica, Buenos Aires 1920 y 1930. Buenos Aires, Nueva Visión, 1998, págs. 16 y 17.

1 comentario »

  1. Muy buen trabajo! me sirvió mucho

    Comentario por Ana — 8 noviembre, 2007 @ 12:56 pm | Responder


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