Periodismo y literatura

4 diciembre, 2006

Sexo y Traición en Roberto Arlt

Filed under: Escritos sobre los autores — Administrador @ 7:42 pm

arlt

Por Oscar Masotta

Fragmento del libro SEXO Y TRAICIÓN EN ROBERTO ARLT (La plancha de metal, págs. 53/77), Oscar Masotta (Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982).

El método de razonar de Arlt es sencillo, sordo y difuso. Diseminadas sus partes a lo largo de la obra, no deja de ser en cambio bastante preciso. Si los sociólogos se topan con dificultades bastante espinosas cuando tratan de definir las clases sociales y fijar sus límites, en Arlt el asunto es simple: inicia dos caminos al mismo tiempo, en la convicción de que son uno solo, y termina por hacernos comprender hasta la náusea qué es una clase social.

Adopta un método adecuado, en zig-zag, para dar cuenta de un objeto que se bifurca, y trabaja en la certeza de que cuando está transitando por un camino determinado transita al mismo tiempo por otro. Por un lado deja al desnudo la condición social de los personajes, salpica abundantemente a sus novelas con dinero, nombra el precio de las cosas y pone en relación a los hombres con sus salarios. Por otro lado, y simultáneamente, se vuelve hacia las normas éticas que rigen a la clase. Y más específicamente, a la moralidad sexual, o la sexualidad moral. Toda su obra está plagada de escenas, de acontecimientos, de imágenes y de símbolos que implican o nombran directamente a lo sexual.

Se diría que un aliento expreso unas veces, pero otras anónimo, impregna la totalidad de sus situaciones, y en las novelas de Arlt, se podría decir, como en Freud, que todo es sexualidad. Sin embargo, y sin caer en la paradoja, sin colocarnos en un plano donde se podría jugar con las ideas jugando con las palabras, habría que agregar, por lo mismo, que nada tiene aquí únicamente sentido sexual. Habría que aplicar a la obra de Arlt esta idea que encuentra Merleau-Ponty para comprender el pansexualismo de Freud. Es solamente porque lo sexual se generaliza por lo cual todo lo que es sexo queda imbrincado con todo lo que no lo es, y es gracias a su completo grado de difusión que lo sexual se impregna con otros niveles significativos de la existencia; el paisaje, las ropas, la ciudad, todo cobra un sentido sexual; pero entonces, y del mismo modo, la vida sexual, el paisaje, las ropas, cobran una fuerte significación económica. El sexo es por decirlo así un síntoma, disfraza y revela a la vez a algo que no es sexo; y todo lo que no es sexo es simultáneamente síntoma con respecto a lo sexual.

En las novelas de Arlt no existe un mundo o una esfera de significaciones sociales y económicas. La esfera aparentemente abstracta de lo económico no es ni más ni menos real que la vida sexual de los individuos, lo real es la estructura total, la totalización del sentido de cada esfera particular por la presencia en ella de las otras esferas. Como en nuestro mundo, la percepción no es un mosaico en el que se acumulan las impresiones, sino que el mundo es percibido como un todo, que si se nos entrega por partes, posee una forma significativa que puede ser reconocida en cada una de esas partes, en distintos niveles, y en que las cosas y los hombres aparecen en un campo en que se opera una constante conversión de uno a otro de ellos. Un objeto percibido como sucio y como perteneciente a un determinado status económico, queda del mismo golpe impregnado de una tonalidad sexual, sugiere o reenvía a un cierto “estilo” de sexualidad, o para parafrasear a Merleau-Ponty, sobre un objeto sucio se bosqueja ya, como en filigrana, un determinado estilo de práctica sexual y es posible como palpar en él las aristas de una sexualidad inquietante y promiscua. Arlt saca todo el provecho de ese transitivismo y en algunos párrafos se muestra perfectamente consciente de él: hace de lo que es sexualidad algo tan simétrico y tan isomórfico de lo que es el status económico de la clase, que es como si quisiera introducirnos en el secreto mismo de ese mecanismo:

Erdosain se imaginaba las relaciones sexuales con la Bizca después del aborto, la malevolencia de la mujer en entregarse temerosa de que suceda ‘eso’ otra vez, las fornicaciones incompletas, como de las que hablan las escrituras refiriéndose a Onán, la impaciencia casi frenética a fin de mes en saber si ha ‘venido’ o no la menstruación y toda la realidad inmunda de los millares de empleados de la ciudad, de los hombres que viven de un sueldo y que tienen un jefe“.

Estos paralelismos tan estrictos son algo más que casos límites y en ellos aparece con todo vigor la verdad del transitivismo. Estos puentes de sentido, esa fusión de significaciones donde la sexualidad se tiñe con el valor que emana de las relaciones efectivas de producción, y donde lo económico, sexualizado, pasa por el mismo movimiento y a través del mismo puente a configurar la tonalidad afectiva del paisaje y la vida en la ciudad tal como aparece en las novelas de Arlt, tienen un origen y una génesis que queda descripta en esas mismas novelas. (…)

Una clase obligada al cinismo, a la ridiculez, a la mentira; es seguro que si le hubieran preguntado a Arlt que definiera a la clase media hubiera contestado: histérica. Un conglomerado de individuos temerosos, temblorosos, comediantes, inocentemente mentirosos. Es que en una sociedad donde el hombre se define por lo que tiene, gran parte de ella queda condenada a ocultar lo que no tiene, esto es, que debe resignarse a incursionar por el penoso e interminable camino de la hipocresía.conciencia de sí, y sólo tiene un turbado sentimiento de sí: el individuo de la clase media se autodesconoce a sí mismo y no sabe confesarse que su clase es ya el fruto podrido que se separa del árbol social. Es que la propia situación en el circuito de la producción le vela que está más cerca del proletariado que de las clases poseedoras. Pero si se esconde a sí mismo lo que efectivamente es, no deja en cambio de tener un sentimiento de sí, una certeza vivida en el ocultamiento donde el hueco interior de lo que no se tiene aparece como escondido, una conciencia turbada donde lo que se esconde amenaza a cada instante con aparecer a la luz.(…)

Tener no significa solamente poseer objetos, sino poseer objetos para poseer a través de ellos a los hombres. Tener es tener hombres. El enamoramiento que un industrial o los dueños de la tierra soportan por sus máquinas o por la extensión de sus campos, no es en verdad más que autofascinación por su poder efectivo sobre los demás. Y más acá de los instrumentos de la producción o de la posesión de la tierra, más acá de los objetos útiles están los objetos inútiles, y como su género más alto, los objetos lujosos. Se ha señalado con razón que el lujo no es una cualidad del objeto poseído, sino una cualidad de la posesión, que es un modo de tener: es que si la posesión reenvía inmediatamente al poder efectivo que se detenta sobre los demás, el objeto lujoso reenvía a lo mismo, pero a través de un rodeo simbólico. Su posesión significa la mediatización simbólica de ese poder, su alejamiento. Simbólica: pues en la producción del objeto lujoso el que no tiene ha trabajado para el que tiene, y el resultado de ese trabajo, un objeto inútil oficiará de potlach indicador del tipo de relación humana que lo ha hecho nacer.(…)

Si no olvidáramos que el fondo de donde emana la legitimidad de la persona es su status económico, y que quienes pertenecen a las clases altas son personas legítimas por derecho divino, apresaremos inmediatamente cuál es origen de la obscenidad que las individualidades sobresalientes perciben en el coito más vulgarmente cuando no está sostenido por esa fuente de toda legitimidad. Cuando la carne no aparece como puesta a salvo por ese fondo de derecho, se revela entonces en toda su facticidad y sólo queda una “cáscara de carne en las oscuridades”. Y a partir de lo mismo podemos entender inversamente por qué las individualidades sueñan con “doncellas” adineradas y por qué la sexualidad cuando es referida a las clases altas se envuelve de placer y pierde lo pringoso que la caracteriza cuando queda referida a las clases bajas; si en las abyectas e ilegítimas clases no poseedoras el coito normal es espantoso y aprehensivo, para las clases poseedoras la sexualidad más viciosa podrá trocarse en la manifestación misma de la belleza, y el joven Astier no deja de pensar, como en una esperanza imposible, en ese mundo que le dejó atisbar aquel beso fugaz que recibiera de propina en un departamento de la calle Juncal.

La abyección sexual queda ligada al dinero y a la jerarquía social, y cuanto más bajemos en esta jerarquía nos toparemos con una sexualidad pensada como más abyecta; y el lumpenproletariado económico, en el escalón más bajo, será a la vez lumpenproletariado sexual:

“Una multitud de hombres terribles que durante el día arrastra su miseria vendiendo artefactos o biblias, recorriendo al anochecer los urinarios donde exhiben sus órganos genitales a los mozalbetes que entran a los mingitorios acuciados por necesidades semejantes” (Los siete locos)

(…)Pero, ¿hemos logrado sugerir la concurrencia de significaciones que están en la base del momento en que Erdosain asesina a la Bizca? Ante todo, en este infantil y estúpido mundo de derecha, la Bizca debe ser ajusticiada por su defecto físico: “guárdate de los señalados de Dios” (El jorobadito). Por otra parte el acto por el cual el homicidio se superpone al coito es del más rancio sabor puritano: “se encaramó suavemente sobre ella, con las dos manos le abarcó la cintura creyendo que la iba a poseer“, y si reflexionamos en su atmósfera veremos que por su estructura es inmediatamente semejante a la delación de Astier. Es como si se encontraran en esa zona inquietante y horrorosa el subyacente delirio de identificación que vive en Erdosain con el movimiento erótico que viene de la Bizca. Erdosain “no pensaba en nada”, sin embargo, una “idea subterránea más densa no tardaría en despertarse”. He aquí a la flor negra, el “suceso”, emergiendo desde el fondo de la nada: es la idea del homicidio, ¿pero en qué momento se le aparece? Nosotros podemos suponerlo, en el momento en que el cuerpo del otro, el polo del juicio puritano y del delirio de identificación, ese cuerpo aprehensivo se vuelve hacia Erdosain para poseerlo:

“Volvióse al tiempo que la Bizca lo atraía hacia sus senos, y como su brazo estaba debajo de la almohada, al hacer el movimiento de retirarlo, involuntariamente tocó la pistola. Un antiguo movimiento se reiteró en él”

Es que Erdosain, ha de temer, antes que ninguna otra cosa, al erotismo de la Bizca; y aun más que a ese erotismo, a la posibilidad de corresponderle; si se entregara al deseo no podría evitar seguirlo hasta el fondo, es decir, hasta ese momento en que los amantes realizan la fusión de sus cuerpos y se crea con el ser del otro un ser-a-dos.

Es cierto que esa fusión es un imposible, pero en el instante del orgasmo la degradación de la conciencia permite que sobre el nivel del encuentro de los cuerpos se realice el contenido del delirio de identificación: yo soy el cuerpo del otro y el otro en el mismo instante absorbe hacia su yo a mi propio cuerpo. Bastaría sin embargo dejar atrás el momento del orgasmo para alcanzar el momento en que la conciencia se recupera a sí misma y donde el cuerpo propio es vivido entonces en su aislamiento con respecto al otro. Pero Erdosain no quiere sumirse en el proceso, en el que está la mujer, y siente una inquietud profunda: “la boca de la Bizca se había agrandado y era una hendidura convulsa que se apegaba como una ventosa a su boca resignada”; porque la mujer pretende diluir su conciencia, trabaja para que ésta se deslice totalmente hacia su cuerpo y se encarne en él, o lo que es lo mismo: la Bizca es simplemente una amante que en el cuerpo quiere poseer a la conciencia del otro. Si consigue su objetivo Erdosain estaría perdido y la actitud de la mujer es entonces suficiente para que él encuentre indicada la que deberá seguir; abandonar el cuerpo propio a sus reflejos y mantener a la conciencia separada de él:

“Erdosain involuntariamante tanteaba debajo de la almohada el cabo del revólver. Y la frialdad del arma le devolvía una conciencia helada que hacía independiente su sensualidad de aquel otro propósito paralelo”.

Este propósito es el sueño profundo e irrealizable del hombre de Arlt, la metalización del ser, y la necesidad de poner a la conciencia a salvo del cuerpo no es otra cosa que la culminación del círculo en que se mueve la clase, el más alto grado de la coherencia interna que la atraviesa, es el instante en que la libertad es libertad en el mal.

Se atisba así la grandeza y la miseria del hombre de Arlt: estos apestados que pasan de alienación en alienación, que separan la conciencia del cuerpo para obligar a los otros a vivir las miserias del cuerpo mientras ellos se confinan en las miserias de la conciencia pura, sueñan, como nosotros, en un tiempo en que los hombres podrían encontrarse entre sí en una relación abierta que pasara por los cuerpos, donde el cuerpo no fuera el instrumento del extrañamiento de sí mismo en el otro, sino el vehículo de la relación auténtica de cada uno consigo mismo y con cada uno de todos los otros y con todos los otros.

2 comentarios »

  1. EL TRÍO MASOTTA, ARLT Y YO MISMO

    Masotta no hace un “sicoanálisis existencial” de San Roberto Mártir Arlt, lo deja a otro inquisidor futuro. Se detiene menos en “el hombre Arlt” que en “el hombre de Arlt”. Todo en Arlt es delirio, pero delirio veritativo narra Oscar Masotta. Sus personajes – dice – son ridículos irrisibles. Es la gran diferencia, hay que añadir, con los de Marechal, que son la risa de los ángeles. El lector arltiano – como Maldoror – no puede reir. El tema-masotta sería este: la decisión entre Destino y Elección, o sea entre Lacan y Sartre. El timonazo ejemplar de Masotta de Sastre a Lacan, de difusor sartreano a propagador lacaniano está en eso. Y Arlt – escribe Masotta cuando escribe sobre Arlt – toma parte por el destino. Sus personajes no pueden dejar de ser lo que son. Están condenados. Pero no a la libertad: a ser lo que son. Habría que decir: la Contranausea es la patología que muestran esos seres patéticos. Para la época la cuestión era el legado de Marx: o determinismo histórico o praxis para transformar la realidad; el lado de la necesidad y el lado de la libertad. Después pudo llamarse “ontología de la libertad” versus “estructuralismo”. Masotta, al final, también elige el Destino. De ahí la justeza de Arlt. Artl contra Sastre enton. Masotta lee a Arlt con el armazón de Sastre pero al final no descubre la elección sino el destino. Elige a Alrt contra Sastre. Arlt al final lee a Sastre, al contrario. Arlt Masotta y Erdosain se triangulan. Y llegan a Lacan. Erdosain conduce a la estructura como Roquentin conducía a la conciencia. Última traición de Arlt: a Sastre. Confiscarle a la derecha la idea de destino. Eso dice Masotta. Un hito evidentemente. Un hito de la “izquierda argentina”. Un hito del pensamiento teórico de la lumpen-pequeñoburguesía marxista argentina, que por obra y gracia de Arlt pasa de la idea sartreana de libertad – propiciada por Sastre para la ilusión de un desclasamiento pro iluminación de la revolución socialista del sujeto burgués, por ejemplo el mismo Juan-Pablo – a las ideas desconsoladas de estructura y del inefable Edipo, esas “últimas barreras de la burguesía al marxismo” según se atajaba Sastre por la época. Como se ve el lacanismo heroico argentino comienza su historia con un acto de bandidaje anarco, una expropiación a la burguesía pero –ah – no de tierra o dinero, sino de una idea. Y es culpa de Arlt.
    La lectura de Masotta tiene – axioma: – manifiestamente todas las características de su época y su grupo, tematizan la fascinación morbosa que provoca la categoría “clase media”, a la que detestan porque es lo otro de sí, lo propio de lo que quieren huir y dicen repeler. Masotta olvida aclarar que en su presente histórico posperonista la clase media era una entidad bastante cierta; pero no en la de Arlt, ni la misma. En el análisis de Masotta da la sensación de que todo lo que podría ser atributo de lo que pudo haberse llamado hombre, naturaleza o condición humana, estructura del sujeto, lo es sólo del sujeto clase media. Es menester espantar un tipo de metonimia y pasar de una posible remisión antropológica a una justeza sociológica. No corresponde el barrunto de estructuras existenciarias de los personajes de Arlt sino configuraciones de clase. Todo, en el análisis de Masotta, remite a la entidad “clase media”. El clasemedia arltiano está más acá del bien y el mal; está en medio, dividido. El asesinato y la traición es lo propio en ellos; son tránsfugas dice. Masotta muestra y denuncia en Arlt lo que él mismo ejemplifica sintomáticamente: que el proletariado y la clase dominante son lo incognoscible; en este caso lo inempírico, lo que no puede ser pasible de una fenomenología; es la continuidad que obra Masotta: sólo hay empiricidad vivencial de la “clase media”, medida entre los años 30 y los 60, entre Arlt y Masotta. El método de Masotta el final es el mismo del de Arlt, adaptado. Todo lo que Arlt dejaba afuera, deja afuera Masotta: el proletariado y las clases altas. En el mundo-Arlt hay un afuera inenarrable: la clase obrera y la clase dominante, y un adentro permanente: el flujo y reflujo de la pequeño-burguesía al lumpemproletariado. Arlt no quiere describir la pirámide social en su conjunto sino la interioridad de una clase, la clase reversible. Masotta descubre casi a despecho una ligadura entre traición y destino, que por ahora sólo puede ser indicada dentro de una determinada formación sujética que juega un cierto rol – impreciso – en la lucha de clases, más cerca de la ficción monetaria que de la vericidad matérico-objetual. Para lograr la dignidad de clase es menester la traición. Lo que no llega a enunciar Masotta es que para recrearse a sí mismo y sujetarse en un entorno social el sujeto necesita de la traición. No es posible plantear una antropología general de la traición constitutiva. Una frase célebre de Sartre: la violencia es el hombre recreándose a sí mismo. Pero la conclusión menos soportable que deja la lectura penosa de la ficción de Arlt cambia de sustantivo, traición por violencia. La traición forja la consistencia de la sujetación. La traición como lazo y principio de realidad, como apertura del otro y al mundo, y como reverso de cualquier aducción ética. El truco es remitir a la “clase media” lo que a lo mejor la excede, lo que – en la forma que fuere – parece estar a la base de cualquier construcción ontogénica. Por lo pronto, la única traición experimentable, es la del lumpequeñoburgués. Por lo menos, es la única traición visible, ya que esa “clase media” es la clase visible, cuya entidad está en su exterioridad, en su ser para otro, en ser el objeto de la mirada. Es lo que uno – el tonto de la lectura – puede no dejar de preguntarse: ¿Arlt describe circunstancias facticias de una puntual sociedad de mierda o una destinidad inabolible como algo transhistórico? Los cínicos – creo que se cree – no creían que el mal o lo deplorable eran elementos propios del sistema capitalista ni del modo de producción asiático ni de la polis ateniense. Hablaban de gallos sin plumas no de chanchos burgueses.
    Mal que mal Arlt queda. Después de Menem, toda cruza entre pequeña burguesía o clase media y lumpenismo, recupera vigencia. Menem permitió leer a Sócrates y releer a Arlt. Las categorías de “Contorno” quedan en stand by, a gusto de cualquier uso salvaje de cualquier cualquiera. No son lo in. ¿Qué hay para decir sobre la “clase media” como chivo expiatorio? Hoy el impresionismo sesentista de Masotta es demodé. Lo que la – modal – fuerza de las cosas impone podría ser leer a Arlt en cotejo con ciertos categoremas o nociones de “la filosofía”, un mundo tanto más light cuanto documentado, la relación de Arlt con el “cinismo”, ejemplo. Vamos hacia ello.
    Arlt es nuestro, es cínico.

    20/6/07. República de la Sexta

    Comentario por Luciano García — 1 julio, 2007 @ 4:03 am | Responder

  2. tarot vidente natural

    Sexo y Traición en Roberto Arlt | Periodismo y literatura

    Trackback por tarot vidente natural — 21 agosto, 2015 @ 6:53 am | Responder


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